La noche del cazador

Texto: Esteban Muñoz

En 1955, año de su estreno, La noche del cazador supuso para la crítica poco más que la extravagante intentona tras la cámara del afamado actor británico Charles Laughton. Una ópera prima fallida, soporífera; un ensimismado galimatías que hacía gala, para colmo de males, de una más que cuestionable moralidad. A día de hoy, sin embargo, La noche del cazador está unánimemente considerada como una de las joyas cinematográficas del periodo, si no de la historia.

Una cosa es cierta: no hay película que ni remotamente se le parezca. Para empezar, el cruce de referencias estilísticas marea. La película bebe tanto del expresionismo alemán, como del gótico sureño, se apropia elementos de los cuentos de hadas europeos, sin renunciar a un contexto social muy específico, el de la América de los años de la Depresión; hay constantes referencias al Antiguo Testamento, guiños al cine de D. W. Griffith y a las novelas de Mark Twain, en concreto a Huckleberry Finn. Sobrevolando todo ello, resplandece un hermético simbolismo, sugerente en la forma, pero con frecuencia esquivo en su significado.

E igualmente importante, La noche del cazador cuenta con uno de los villanos más enigmáticos, siniestros, maquiavélicos y mejor interpretados de cuantos hemos visto en la gran pantalla: el Reverendo Harry Powell (Robert Mitchum). Auténtico diablo disfrazado de salvador de almas, Powell hará todo lo posible por conseguir el botín oculto de un robo bancario que cometió un excompañero de celda y por el que ha sido ajusticiado.

Para ello, el reverendo no dudará en casarse con la viuda del ladrón y convertir el hogar en un infierno. Con la palabra HATE tatuada en los nudillos de su mano izquierda, LOVE tatuada en los de la derecha, una navaja automática en el bolsillo y un lacónico y persistente canturreo, Harry Powell aterrorizará a la buena mujer hasta extremos de delirio. Pero no es ella quien conoce el paradero de la fortuna robada, sino sus dos hijos.

Powell se desembaraza entonces de la mujer y urde una tenebrosa estrategia para obtener la confesión de los niños. Estos, ante la que se avecina, se embarcarán en una huida desesperada por las aguas del Ohio River, en West Virginia. Una travesía onírica que, a modo de intermezzo, sume lo que parecía un thriller de aroma noir y folclore sureño en el territorio de la abstracción poética.

La noche del cazador es una película en perpetua combustión espontánea. La pulsión destructiva gobierna la trama. Una subcorriente de amargura existencial y odio surca la hora y media de duración con la misma falsa placidez y caprichoso rumbo con que los niños surcan el Ohio River. Una violencia encarnizada, luciferina, late tras cada fotograma, omnipresente e incontenible, a punto siempre de estallar en mil pedazos.

Y, sin embargo, el tamiz ahora poético, ahora costumbrista-humorístico, está aplicado con tal maestría que la película se ve sin parpadear, con deleite inaudito. Probablemente la razón haya que buscarla no en un factor concreto, sino en la proverbial combinación de genialidades: el intachable guión de James Agee y del propio Charles Laughton; la fotografía lírica y espeluznante de Stanley Cortez; el barroco trabajo de cámara reminiscente de las vanguardias germanas; los nostálgicos pasajes musicales con batuta de Walter Schumann, o la exquisitez actoral, de Robert Mitchum, por supuesto, pero también del amplio plantel de protagonistas y secundarios. Todos creíbles, todos inolvidables.

Poliédrica gema, La noche del cazador posee la clarividencia de una parábola y la brumosa belleza de una epopeya lírica. Es una obra tejida con el ingobernable material del que están hechas las pesadillas. Como si de un recóndito temor infantil se tratara, La noche del cazador nunca nos abandona una vez vista. Al terminar la proyección, el fantasma de Harry Powell se viene a casa con nosotros, canturreando.

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