El fotógrafo del miedo (Peeping Tom)

Texto: Esteban Muñoz

1960 fue, cinematográficamente hablando, un año fértil en psycho killers. Dos de los psicópatas más complejos y perturbadores de la historia del séptimo arte sacaron sus cuchillos a relucir en apenas tres meses de diferencia: Norman Bates, siniestro gerente del motel de Psicosis, y Mark Lewis, el enfermizo voyeur de Peeping Tom.

Pero a diferencia de Psicosis, que aupó a su creador, Alfred Hitchcock, a los altares de la gloria (tanto artística como comercial), El fotógrafo del miedo dilapidó de un brutal zarpazo la excelente carrera fílmica de Michael Powell. Director, junto con Emeric Pressburger, de una retahíla de obras maestras, sin parangón en la historia del cine británico, Powell y su futuro tras la cámara fueron puestos en cuarentena a raíz del escándalo causado en el estreno de El fotógrafo del miedo.

Aunque hoy día el controvertido thriller de Powell ha alcanzado el rango de legendario, en su momento temblaron las islas. El cocreador de las aclamadas Vida y muerte del Coronel Blimp (1943), Sé adónde voy (1945), A vida o muerte (1946), Narciso negro (1947) o Las zapatillas rojas (1948) no solo volvió a dar una lección de exquisitez narrativa y visual con El fotógrafo del miedo. Además, redefinió el thriller cinematográfico contemporáneo y cuestionó con hondura el impacto del cine en nuestra sociedad. El atentado visual perpetrado por Powell aún inquieta hoy día por su crudeza, deleita por el aguerrido puzzle psicológico que presenta y enamora por su intricado juego autorreferencial.

Como Norman Bates, Mark Lewis (Karlheinz Böhm) es un joven tímido y solitario, de buenos modales, trabajador, escrupuloso, algo fuera de lugar en situaciones sociales, pero aparentemente inofensivo. Es el silencioso vecino del quinto, al que se le ve poco, pero que saluda siempre amablemente y que jamás levantaría la más mínima sospecha en un hipotético caso de asesinato múltiple. Ambos personajes están tejidos a modo de complicada madeja psicológica, con evidentes guiños freudianos, empezando por su malsana relación paterno-filial.

Y al igual que el protagonista de Psicosis, el de El fotógrafo del miedo se entrega con un fervor obsesivo a un hobbie particular. Si el primero optaba por la taxidermia, el segundo padece una febril adicción por su videocámara portátil. La realidad, filtrada a través del objetivo, deviene ficción y pronto se emponzoñará con perversas fantasías. El joven videoaficionado comenzará entonces a apuñalar, con una saña inaudita, a hermosas mujeres para capturar con su cámara el instante de absoluto terror que precede a la muerte.

Peeping Tom es una película hecha por y para fanáticos del cine. Es un festín-homenaje a nuestra afición y, acto seguido, un vitriólico toque de atención sobre nuestras filias visuales. La brutalidad de los asesinatos perpetrados por Lewis queda contrarrestada por la ironía implícita acerca del oficio cinematográfico, que no suele ser otro que rodar (es decir, no dejar de observar) a damiselas en apuros. Pero el puyazo también va dirigido a los espectadores, cómplices como somos de miles de sanguinarios crímenes de celuloide, por asistir a ellos con deleite; mudos mirones que lo único que se nos ocurre hacer al respecto es atiborrarnos a palomitas.

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