La tapadera

Texto: Esteban Muñoz

A finales de la década de los 40, una bomba cayó en el mundo artístico y cultural estadounidense: la popularmente conocida como la caza de brujas del senador McCarthy.

En su cruzada contra el comunismo, el republicano Joseph McCarthy basó gran parte de sus esfuerzos políticos en “sanear” Hollywood de lo que se llegó a denominar la “amenaza roja”. El espectacular dispositivo represor puesto en marcha por el partido republicano para desenmascarar a cineastas y creadores de la industria cinematográfica de tendencias izquierdistas dio origen a la infame lista negra de Hollywood.

Todo aquel que, tras una minuciosa investigación policial, fuese sospechoso de simpatizar con la ideología comunista pasaba a formar parte de dicha lista y quedaba indefinidamente imposibilitado para actuar, escribir o dirigir, hasta nueva orden.

La tapadera (The Front, 1976) retrata con fidelidad tan aciago periodo en la historia del cine. Nunca mejor dicho lo de “fidelidad”, pues el filme está realizado por cineastas que pertenecieron a la lista negra y sufrieron las terribles consecuencias del mccarthismo.

Es el caso del director Martin Ritt, el guionista Walter Bernstein y los actores Zero Mostel (maravilloso interpretándose a sí mismo, como actor bajo sospecha), Herschel Bernardi y Lloyd Gough. En los créditos, al lado de cada nombre aparece la mención “Blacklisted” (en la lista negra) seguida del año en el que pasaron a formar parte del funesto grupo de damnificados.

Pero que nadie se espere sesudos discursos anticensura, melodrama político o sentimentales revolcones en la cochambre moral del momento. La tapadera se toma el asunto con calma, sentido del humor y una distancia que, dada la cercanía de todos los implicados, resulta pasmosa.

Olvidémonos de intrigas políticas. En toda época de crisis, parece decirnos Ritt y compañía, siempre hay gente que, voluntaria o involuntariamente, consigue sacar tajada de la desgracia ajena en beneficio propio.

Es el caso de Howard Prince (Woody Allen), un don nadie al que un amigo guionista recién incorporado a la lista negra le ofrece un suculento trato: yo escribo, firmamos con tu nombre y luego nos repartimos los beneficios.

Howard Prince, un hombre sin afiliaciones políticas ni enemigos, resulta así la tapadera ideal. Pronto numerosos guionistas incluidos en la lista negra lo usan para firmar sus obras. En un abrir y cerrar de ojos, Prince se convierte en una celebridad al que no cesan de lloverle premios y sueldos millonarios.

La tapadera fue criticada en el momento de su aparición por haber desperdiciado la oportunidad de ofrecer un agudo análisis del periodo y del impacto de la censura mccarthista en el mundo del cine. Pero, en parte, en esa supuesta ligereza (supuesta porque el filme no carece de aristas) reside también su encanto.

Martin Ritt y sus compañeros de lista negra renuncian a la hipérbole victimista, a favor de un estoicismo casi cósmico, no exento de un saludable sentido del humor. Desplazan el foco de atención, poniéndole máscara de comedia a la tragedia.

Pero tras la risa se vislumbra el drama. La pesada atmósfera de constante sospecha y miedo a la acusación resulta palpable. Como si de una narración kafkiana se tratara, la alargada sombra del verdugo no deja de poblar las tragicómicas aventuras de Howard Prince. La picaresca, como único tablón al que agarrarse en el naufragio, brilla con sarcástico desparpajo.

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