La parada de los monstruos

Texto: Esteban Muñoz

En las habituales listas de mejores películas de miedo de la historia, nunca falta La parada de los monstruos (Freaks) encaramado en el top 20. El de Tod Browning es uno de esos filmes faro que han alumbrado con su audacia e imaginación a incontables generaciones de cineastas deseosos de contar historias que helasen la sangre y, al mismo tiempo, facilitaran el riego cerebral.

Por pura diversión, la bella trapecista Cleopatra (Olga Baclanova) seduce a uno de los enanos, Hans (Harry Earles), de la compañía feriante para la cual ambos trabajan. Todo cambia cuando Cleopatra descubre que Hans acaba de ser el heredero de una inmensa fortuna. Es entonces cuando la rubia trapecista, secundada por su amante Hercules, el forzudo, ideará el plan maquiavélico de casarse con Hans, envenenarlo y heredar sus millones.

Sin embargo, los amigos de Hans, freaks de feria como el hombre esqueleto, el torso humano o los microcéfalos, pronto comienzan a sospechar de las intenciones de Cleopatra y se pondrán en guardia para proteger a (según la expresión recurrente en el filme) “uno de los nuestros”.

Freaks es la cima artística de Tod Browning, uno de los grandes maestros del Hollywood clásico, aunque injustamente infravalorado en su época. Browning ya había despuntado como un excelente contador de historias mudas. Después, al contrario de muchos colegas de profesión, el creador de Drácula supo adaptarse admirablemente (y adaptar sus fantasmagóricas historias) al revolucionario formato sonoro.

Por desgracia, Freaks supuso también el carpetazo a la carrera de Browning. Ante el escándalo que provocó la proyección del filme, los estudios acabaron por darle la espalda al creador y precipitaron su retiro. Los espectadores que acudieron a ver Freaks en su estreno en 1932 quedaron horrorizados por su elenco de deformidades y su siniestra atmósfera. Las anécdotas se cuentan por decenas, desde personas huyendo de los cines horrorizadas, hasta supuestos abortos espontáneos.

Sin embargo, hoy día La parada de los monstruos ha superado incluso la etiqueta de filme de culto para erigirse como una cima del cine con mayúsculas. Epítome de la fealdad y el horror, no ya estético sino moral, Freaks se eleva con voz propia en el panteón de grandes obras del siglo XX.

Drama, horror, intriga, vodevil y comedia negra, Tod Browning consigue un equilibrio poco menos que divino en Freaks. El conflicto ético que plantea la obra asusta por inabarcable. Más allá del contraste entre belleza física y fealdad moral de sus protagonistas, que expone superficialmente la cinta, Browning nos deja entrever la naturaleza profundamente sádica del hombre en débil equilibrio con nuestro lado más civilizado y bondadoso.

No es de extrañar que los espectadores corrieran a casa. No son los freaks de feria los que asustan. Es la mirada al abismo de la naturaleza humana lo que da realmente escalofríos (“Eres uno de los nuestros”).

Como en las grandes obras cinematográficas que tuvieron que hacerle quiebros a la censura, Freaks está repleta de decisiones estilísticas y de guión memorables. Resulta deliciosamente perturbadora la tensión sexual existente entre la belleza de estatura “normal”, Cleopatra, y el enano, Hans. Miradas, galanteos, las largas piernas en media de rejilla de la diva,… la historia es un festín de sexualidad apenas contenida, con el morboso añadido de las extremas diferencias físicas.

La orgiástica ceremonia marital (alcohol, insinuaciones sexuales, violencia) o la crueldad desmadrada del tramo final de la cinta son otros brillantes ejemplos de la habilidad de Browning para esquivar la tijera y azuzar la moral bienpensante de su época.

Merece la pena mencionar la versión en DVD doble de Freaks. Entre otras maravillas, incluye un interesantísimo documental sobre el mundillo de los freaks de feria de comienzos de siglo XX y se detalla la vida de los protagonistas de la película. Vidas extraordinarias en las que la realidad supera la ficción, como en el caso de las siamesas Daisy y Violet Milton, u otras que son todo un ejemplo de superación personal como el de Prince Randian, el Torso Humano.

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