El carnaval de las almas

Texto: Esteban Muñoz

Existencialista y macabra, El carnaval de las almas (1962) es una de esas impredecibles genialidades salidas de ninguna parte, que proyectan una sombra alargada sobre el cine posterior, en este caso el cine de terror y suspense, desde Lynch a Shyamalan, de Romero a Amenábar.

Rareza donde las haya, El carnaval de las almas es la única película de Herk Harvey, productor de cintas educativas y de propaganda gubernamental. Un buen día, de vacaciones en Salt Lake City, se le ocurrió a Harvey una idea para una película de terror. Escribió la historia de un plumazo, contrató a algunos vecinos de la localidad como actores y en tres semanas de rodaje y un presupuesto casi de calderilla, Harvey tuvo su película.

Si obviamos la inevitable apariencia a telefilme y las muchas lagunas de un guión escrito con cronómetro, El carnaval de las almas tiene todo lo que el aficionado al género le pide a una peli de terror cinco estrellas: trama enrevesada, ambiente pesadillesco, angustia metafísica, sustos a granel y un final (ya clásico, copiado hasta la náusea) que llega como un puñetazo en la cara del espectador.

Pero lo que realmente hace única a El carnaval de las almas es la alucinada atmósfera que consigue Harvey a base de esquizofrénicas capas de órgano (increíble Gene Moore a las teclas), juegos de sombras, espejos, sonidos ambiente, ensoñaciones de vidrieras góticas y parques de atracciones abandonados… Cómo consigue sumergirnos en su mundo evanescente, sonámbulo, ultraterrenal, mientras se fríe a fuego lento la pesadilla.

Tonteando al más puro estilo James Dean, tres chicas jóvenes se ven envueltas en una improvisada carrera al volante con unos chicos con los que se acaban de cruzar en la carretera. El escarceo acaba con las chicas despeñadas por un puente. Mary Henry (Candace Hilligoss), una guapa y talentosa organista, es la única superviviente del siniestro.

La vida de Mary se ve seriamente afectada por la tragedia, hasta tal punto que decide dejarlo todo atrás y abandonarse al azar. Este le lleva a tocar el órgano en una pequeña iglesia en Salt Lake City. Aquí conocerá al estricto párroco local, a un lascivo vecino (Sidney Berger) y a un flemático hombre de ciencia. Mientras tanto, empieza a aparecérsele la fantasmagórica figura de un desconocido sin nombre (The Man, en los créditos, interpretado por el propio director Herk Harvey, pasándoselo “de muerte”, que para eso es suyo el invento).

La presencia de este ser de ultratumba crece exponencialmente a medida que pasan los días. Mary busca refugio en la indeseable compañía de su vecino. Doblemente asediada por las exigencias del mundo de los vivos y las del de los muertos, Mary comienza a perder la estabilidad mental, su noción de la realidad se tambalea, sus himnos al órgano suenan endiablados, le fallan los sentidos, los fantasmas empiezan a multiplicarse.

El carnaval de las almas nos descubre una fórmula mágica: cómo dotar al cine de horror de serie B del aliento poético y las atmósferas de duermevela de un Jean Cocteau (muy admirado por Herk Harvey), mas el lento desmoronamiento existencial del hombre contemporáneo marca Antonioni.

No son malas referencias, pero aún hay más. Harvey esquiva tópicos del terror de usar y tirar y recurre a elementos propios de la literatura gótica y romántica y del existencialismo francés o incluso hace guiños a fuentes más clásicas. Hay algo decididamente dantiano en el baile de los muertos de El carnaval de las almas. Ahí tenemos la ironía postmortem del purgatorio de la Divina Comedia reflejada en el rechazo de Mary a bailar con su cansino pretendiente, en contraste con la danse macabre final.

El infierno son los otros. Mary busca refugio a regañadientes en la religión, la ciencia y en el fogoso romeo de cantina que la corteja. Como ella misma seguramente ya se temía, las tres opciones le dan pronto la espalda. Sólo nos queda entonces una salida: el hombre de frac, ojeras y palidez sobrenatural que nos sonríe desde la oscuridad.

Como decíamos antes, El carnaval de las almas creó escuela. Su fantasmagórica sombra pulula por decenas de películas posteriores. El rechazo sexual y la ruptura de Mary con la realidad que le rodea nos recuerda a Repulsión de Polanski; la atmósfera de macabre y el horripilante ser de las tinieblas, a David Lynch; el asedio de los muertos vivientes, a George Romero

Es una película condenada a influir, un fresco manantial de ideas del que han estado (y están) bebiendo docenas de cineastas de mente retorcida, que a veces ven muertos y que están empecinados en hacérnoslos ver a todos nosotros. Aunque no siempre con la destreza, frescura y rapto sensorial del filme casero de Herk Harvey.

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